martes, 3 de marzo de 2009

ESCUCHAR

Shakespeare, en “Macbeth” escribió: “Dale a la aflicción

palabras, que la pena que no habla susurra al afligido corazón y precipita su quebranto”.

Un niño que no logra comunicarse con sus padres para evidenciarles su necesidad de amor, podrá utilizar, sin darse cuenta, el recurso de enfermarse con frecuencia. Y si tiene éxito en ello, podrá hacerlo gravemente y hasta morir. Una de las fantasías universales en la infancia es imaginar su propia muerte y el efecto que ella provocaría en los seres queridos.
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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos inmensos ratones que daban saltos formidables. Llamaron a un nativo y lo interrogaron mediante señas.
Escucharon bien y como el indio respondiera "Kan Ghu Ru", adoptaron el vocablo inglés "kangaroo" (canguro).

Los lingüistas determinaron tiempo después que el nativo había querido decir "no le entiendo".
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“Erase una vez una débil anciana cuyo esposo había fallecido dejándola sola, así que su hijo, su nuera y su nieta la llevaron a vivir con ellos.

Día tras día la vista de la anciana se enturbiaba y su oído empeoraba, y a veces, durante las comidas, las manos le temblaban tanto que se le caían las lentejas de la cuchara y la sopa del tazón.

El hijo y su esposa se molestaban porque ensuciaba los manteles hasta que un día, cuando la anciana volcó un vaso de leche, se hartaron y decidieron terminar con esa situación.

Instalaron una mesita en el rincón cercano al armario de las escobas y hacían comer a la anciana allí. Ella se sentaba a solas, mirando a los demás con ojos humedecidos por las lágrimas. A veces le hablaban mientras comían, pero habitualmente era para regañarla por haber dejado caer un cuenco o un tenedor.

Una noche, antes de la cena, la pequeña jugaba en el suelo con sus bloques, y el padre le preguntó qué estaba construyendo.

-Estoy construyendo una mesita para mamá y para ti –dijo ella sonriendo- para que coman a solas en el rincón cuando yo sea mayor.

Sus padres se miraron por unos instantes. Esa noche devolvieron a la anciana su sitio en la mesa grande” (Hermanos Grimm).

La niña “escuchó” a la anciana. ¿Vos escuchás a tus viejos?.



Extractos de El Prójimo-Pacho O´donnell

lunes, 2 de marzo de 2009

EL COMPROMISO

No asumir responsabilidades o compromisos es cómodo. Queda uno salvado de fracasos o papelones, pero también se pierde los premios.

La falta de compromiso se verifica también en el lenguaje cotidiano. No es lo mismo decir “se perdió” que “lo perdí” o “uno tiene ganas de llorar” que “yo tengo ganas de llorar”. O pluralizar y generalizar: “somos todos corruptos” es claramente diferente a “yo soy un corrupto”, o “a los argentinos no nos importa nada del otro” en vez de “a mi no me importa el prójimo”.

Si nos acostumbráramos a usar la primera persona en singular, uno sería un poco mejor.

Yo sería un poco mejor.

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Jesucristo, agonizante ya en la cruz, a la hora novena clamó a gran voz:

“-Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”.

Hasta El dudó:

“-Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

Nada hay más terrenal que la vacilación. Quien moría era un hombre, desprotegido de Divinidad.