La falta de compromiso se verifica también en el lenguaje cotidiano. No es lo mismo decir “se perdió” que “lo perdí” o “uno tiene ganas de llorar” que “yo tengo ganas de llorar”. O pluralizar y generalizar: “somos todos corruptos” es claramente diferente a “yo soy un corrupto”, o “a los argentinos no nos importa nada del otro” en vez de “a mi no me importa el prójimo”.
Si nos acostumbráramos a usar la primera persona en singular, uno sería un poco mejor.
Yo sería un poco mejor.
*
Jesucristo, agonizante ya en la cruz, a la hora novena clamó a gran voz:
“-Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”.
Hasta El dudó:
“-Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
Nada hay más terrenal que la vacilación. Quien moría era un hombre, desprotegido de Divinidad.
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