El actual regimiento, recreado en 1903, no es sino un homenaje más o menos formal de aquel verdadero grupo de comandos, que San Martín convirtió en una escuela de honor y en una máquina de guerra. Aquellos primeros granaderos, lejos de la imagen pasteurizada que nos venden los manuales escolares y la historia oficial, eran en realidad feroces soldados profesionales que temían más a su líder que al enemigo.
La épica de los granaderos fue utilizada políticamente por liberales y nacionalistas, y capturada por dictaduras militares. Pero sobrevivieron a esas manipulaciones y mantienen, con justicia, un halo de heroísmo ejemplar e intocable. Mi generación jugaba de chico con soldaditos de plástico de vaqueros y granaderos a caballo. Y no hay escuela que no desee tener un granadero en un acto patrio. Este regimiento de homenaje y fanfarria, que está a cargo lateralmente de la custodia presidencial, mantiene el glamour de las viejas glorias. Un país que no puede rendirles culto a sus héroes es un país errático y descompuesto destinado al eterno fracaso.
Tiene la presidenta de la Nación, como comandante en jefa del Ejército, toda la autoridad para disponer del regimiento, como lo hizo ayer. Sin embargo, una cosa es la legalidad y otra muy distinta la legitimidad. Retirar a los granaderos de un ritual histórico y cultural a raíz de una interna política es algo infame que repugnaría a San Martín y que pondría a los granaderos originales al borde del odio.
Un presidente de la República no está habilitado para hacer cualquier cosa con los granaderos. Por ejemplo, ni Néstor ni Cristina podrían hacerlos desfilar en El Calafate para una reunión familiar. Y no estoy dando ideas. La jefatura del comando tiene sus reglas. Lo otro sería no distinguir entre gobierno y Estado, desliz madrugador que los Kirchner cometen a diario y pecado mortal que San Martín no se hubiera permitido. ¿Castigar a un vicepresidente de la Nación sin reparar en los mínimos rituales simbólicos de la patria y la memoria? ¿Por qué tanta desesperación, por qué vale todo?
El hijo célebre de Yapeyú tenía una frase bastante gráfica para explicar las mezquindades desesperadas en las que suelen caer quienes sienten que están perdiendo el poder. El Gran Capitán decía: "El que se ahoga no repara en lo que se agarra".
FUENTE: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1103421&high=GRANADEROS
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